Los contenedores quemados son solo la punta visible del iceberg. Debajo están la violencia invisible de las estructuras (trabajo, vivienda, sanidad…) y la de la cultura (creencias, costumbres, religiones…). Barcelona ardió en octubre de 2019. Aquí explico por qué.

Rosa de Foc, Rosa de Fuego: así llamaron a Barcelona en las primeras décadas del siglo XX. Engels ya decía que tenía más combates de barricadas que ninguna otra ciudad del mundo.
Si después de esta semana aún no has tomado partido sobre la brutal violencia policial contra las protestas independentistas en Catalunya, ya lo has tomado: el de la represión.
Antes de condenar la violencia independentista de estas noches, condena la violencia estructural y la cultural. Son ellas las que la provocan.

Violencia directa o física
Desde hace algunas noches hay violencia directa en Catalunya: se queman contenedores, se rompe mobiliario urbano…
Es violencia directa o física. Como los asesinatos, las torturas, las mutilaciones o las agresiones. O como la violencia de la policía cuando reprime.
Quienes tienen el poder repiten sin parar, en sus medios de manipulación (televisiones, radios, periódicos), que esta violencia en Catalunya nos daña a todos.
Que daña la convivencia, la imagen y los recursos. Y que luego lo pagaremos entre todos.
Es una visión parcial. La violencia directa no es la única. Ni la más importante.
Según Johan Galtung, el gran estudioso de la violencia, la violencia directa es solo la punta del iceberg. Debajo hay otras mucho más profundas.
Ninguna violencia directa aparece porque sí. Siempre tiene causas ocultas en la base del iceberg: represión política, centralismo, explotación económica, manipulación ideológica, pobreza…
Esas causas ocultas son la violencia estructural.
Violencia estructural
La violencia estructural es todo lo que, en la organización de la sociedad, impide a mucha gente cubrir sus necesidades básicas.
Es decir, todo lo que reconocen los derechos humanos: comida, vivienda, trabajo, educación, participación política, medio ambiente, pensiones, sexualidad…
Si la PAH hace un escrache (violencia directa), es porque hay un grave problema de vivienda (violencia estructural). Si los trabajadores hacen una huelga, es porque hay un problema laboral. Si los pensionistas cortan las carreteras, es porque hay un problema con las pensiones. Si las mujeres y los LGTBI hacen una manifestación, es porque hay un problema con el ejercicio de sus derechos.

Esta violencia la ejerce siempre, sin piedad, la minoría que controla el poder.
Controla la economía, la política, las leyes, los jueces, el ejército, la policía, las televisiones, las radios y la prensa.
La violencia directa de estas noches en Catalunya tiene causas estructurales.
Jóvenes, hartos de ver ninguneadas sus reivindicaciones, dicen basta. Y protestan como pueden y en el grado que el cuerpo les pide.
No son fanáticos enloquecidos. Son jóvenes que expresan una rabia colectiva ante una situación frustrante.
Y la expresan con violencia porque creen que, liándola, es la única forma de que les hagan caso.
Son menores de 25 años. Quieren acciones duras, a diferencia de los independentistas de más edad.

eldiario.es entrevistó a una decena, sin dar sus nombres. Son jóvenes de la izquierda independentista, anarquistas y una minoría de menores de 16 años que busca adrenalina.
Todos afirman que sus acciones son siempre una respuesta a agresiones policiales.
Todos insisten en que no han quemado ningún coche a propósito. Los coches ardieron por el fuego de las barricadas.
Un universitario independentista de 19 años afirma: «Hemos crecido con el Procés y el 1-O. Llevamos muchos años aguantándonos, haciendo caso a los mayores y ya hemos visto para qué ha servido: están todos en la cárcel».

Según este joven, mucha gente a su alrededor creía que las protestas pacíficas no servían para nada. Pero se contenían, porque tirar una piedra estaba muy mal visto. Eso ha cambiado. Se ha roto el tabú.
Una estudiante universitaria de poco más de 20 años añade: «Ya sabemos que quemando contenedores no se conseguirá la independencia, pero es que ya hemos visto que pacíficamente tampoco. Como mínimo podemos mostrar al mundo nuestra frustración».
Cuando quien tiene todo el poder impide cualquier disidencia, la violencia directa es el único camino que queda contra la violencia estructural.
Violencia cultural
Todavía hay una tercera violencia. También escondida en lo más profundo de la base del iceberg. Es la violencia cultural.
Esta tercera violencia criminaliza toda violencia directa que intenta cambiar la sociedad.
Y justifica la sociedad tal como es: centralista, explotadora, racista, xenófoba, sexista, homófoba, aporófoba…
Intenta modelar la conciencia de la gente, para que los oprimidos acaben apoyando a sus opresores.

Durante el franquismo, esa función la cumplió el nacionalcatolicismo, que lo impregnaba todo.
Hoy todavía lo defienden los sectores más retrógrados. Como VOX y buena parte del PP.

Hoy la violencia cultural se ejerce con los medios de manipulación: televisiones, radios, prensa y redes sociales.
Los opresores tienen departamentos de marketing, o de guerra psicológica, para manipular TikTok, WhatsApp, Instagram, Facebook, YouTube y Twitter.
Desde sus granjas de bots difunden bulos. Y los multiplican para que parezca que mucha gente los apoya.

Cuando los grandes medios españoles hablan de Catalunya, usan siempre las mismas palabras: radicales, violentos, extremistas.
Durante años repitieron que los independentistas eran violentos. Aunque no había ninguna violencia y defendían la desobediencia civil no violenta.

Los medios también callan a quien les molesta. En marzo de 2018, El Periódico despidió al dibujante Miquel Ferreres, crítico con la represión en Catalunya. Su última viñeta no se publicó. En ella, un enorme 155 caía sobre su mesa de dibujo.
Ahora, con lo que pasa en Catalunya, dividirán a los independentistas en buenos y malos. Los malos: violentos, radicales, extremistas, adoctrinados y comeniños.
Como cuando en Euskal Herria preguntaban: «¿Tú con quién estás? ¿Con los demócratas o con los violentos?».
Si todavía solo ves la violencia directa, y no solo en Catalunya, no has entendido nada.
Esta violencia es la ira contenida que explota cuando no se puede cambiar nada en paz.
¿No tomas partido? Entonces ya lo has tomado. Has tomado partido por la represión.