domingo, 2 de junio de 2019

Muerte de un repartidor de Glovo

ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026

Este texto fue escrito a partir de la muerte de un repartidor de Glovo en Barcelona. Aquella muerte no fue solo un accidente laboral aislado. Señalaba una forma nueva de precariedad: trabajadores solos, conectados a una aplicación, presionados por el tiempo, sin la protección real que debería acompañar a cualquier empleo.

Leído hoy, el texto conserva su fuerza porque habla de algo que sigue atravesando nuestras ciudades: el trabajo convertido en encargo, el salario disfrazado de autonomía y la vida de quienes reparten comida, paquetes o servicios mientras otros convierten esa urgencia cotidiana en negocio.

No se trata solo de Glovo. Se trata de un modelo económico que presenta la explotación como flexibilidad y la falta de derechos como libertad individual. Cuando el trabajador queda reducido a una cuenta, una ruta y una puntuación, el conflicto social desaparece de la pantalla, pero no de la calle.

Por eso conviene releer esta entrada como una denuncia de la precariedad contemporánea. Detrás de cada entrega rápida hay una pregunta lenta y profunda: cuánto vale una vida cuando el mercado decide que todo debe llegar en minutos.


Pujan Korala, un repartidor de Glovo de 22 años, murió el sábado 25 de mayo en Barcelona, atropellado por un camión de basura.
Era de Nepal y no tenía permiso de residencia. Como no podía trabajar, hacía de repartidor con la cuenta de otra persona.
Pujan Korala, el joven muerto mientras hacía un reparto de 5 euros

Los presos políticos catalanes en el Congreso de Diputados

ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026

Este texto fue escrito cuando varios dirigentes independentistas catalanes, elegidos en las urnas, llegaron al Congreso de los Diputados desde la prisión. Aquella imagen condensaba una contradicción política profunda: representantes votados por la ciudadanía entraban en la Cámara bajo la sombra de una causa judicial que seguía marcando la vida institucional.

Leído hoy, el episodio ya no puede separarse de lo que vino después: los indultos parciales de 2021, la reforma del marco penal y la Ley de Amnistía de 2024. Pero esas medidas posteriores no borran la pregunta de fondo que planteaba aquel momento: cómo debe responder una democracia cuando un conflicto político acaba trasladado de forma masiva a los tribunales.

El problema no era solo jurídico. Era también democrático y simbólico. Un Parlamento debería ser el lugar donde se habla, se confrontan proyectos y se buscan salidas políticas. Cuando la representación queda condicionada por la prisión, la suspensión o la excepcionalidad, la política se estrecha y el conflicto se enquista.

Por eso conviene releer esta entrada como una pieza sobre representación, represión y conflicto territorial. Más allá de las posiciones de cada cual sobre la independencia, sigue abierta una cuestión esencial: si los problemas políticos pueden resolverse castigando a quienes los expresan, o si precisamente por eso vuelven una y otra vez.


Las diputadas y diputados electos el 21 de abril han constituido el Congreso de la XIII legislatura.
Especial relevancia han tenido las intervenciones de los presos políticos catalanes y los pataleos de los diputados de VOX, impidiendo que se les oyese.
La entrada de los presos políticos catalanes en el congreso ha sido recibida con aplausos.

Las lágrimas del toro

Hay imágenes que resumen por sí solas toda una mentira. Un torero puede acariciar al toro, secarle las lágrimas o fingir una emoción íntima ante el animal que está siendo torturado. Pero ese gesto no borra la violencia. La hace más obscena.

El cinismo de la tauromaquia consiste precisamente en llamar respeto a lo que es dominio, arte a lo que es sufrimiento y tradición a lo que es una ceremonia pública de muerte. No hay compasión posible mientras se participa en el daño. No hay ternura limpia en la mano que consuela al animal después de haberlo condenado.

Las lágrimas del toro no necesitan interpretación. Señalan el punto exacto donde se rompe el decorado taurino: detrás del traje, la música, los aplausos y las palabras solemnes, queda un ser vivo sufriendo para que otros conviertan su agonía en espectáculo.

El viernes 10 de mayo, en la Maestranza de Sevilla, Morante de la Puebla sacó un pañuelo del bolsillo y secó las lágrimas al toro que, moribundo y lleno de banderillas, lloraba de dolor. Antes le había estado torturando media hora. Luego lo mató.
El gesto de Morante, el torero de VOX, fue vomitivo, bárbaro, hipócrita y de un sadismo enfermizo que roza la psicopatía. 

Morante de la Puebla secando las lágrimas del pobre toro