La tauromaquia no sobrevive solo por tradición. Sobrevive también porque recibe protección política, apoyo institucional y dinero público. No se trata solo de toros: se trata de maltrato animal sostenido, protegido y financiado por administraciones que prefieren llamar cultura a una forma organizada de sufrimiento.
Cuando una institución dedica recursos a promover, defender o gestionar espectáculos taurinos, no actúa de manera neutral. Está tomando partido por una práctica basada en el dominio, la sangre y la muerte pública de un animal. La crueldad no se vuelve digna porque la acompañen música, trajes, discursos oficiales y presupuesto.
Por eso esta cuestión va más allá del gusto personal. Habla de qué valores decide financiar una sociedad: si la empatía, el cuidado y la vida, o la exhibición pública de la violencia convertida en espectáculo y pagada entre todos.
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| Miguel Abellán, director del Centro de Asuntos Taurinos de Madrid |

