El texto que sigue fue publicado originalmente en la revista Ajoblanco en 1978. Aunque nació en aquel momento de crítica radical a las instituciones, sigo creyendo que conserva buena parte de su vigencia: no como una consigna cerrada, sino como una invitación a pensar qué tipo de educación produce obediencia y qué tipo de aprendizaje puede abrir caminos de libertad.
La escuela no es solo un lugar donde se transmiten conocimientos. También es una institución que ordena cuerpos, horarios, obediencias, jerarquías y formas de mirar el mundo. Por eso cualquier crítica profunda a la escuela acaba siendo también una crítica al tipo de sociedad que la necesita.
Decir “¡Abajo la escuela!” no significa despreciar el aprendizaje. Al contrario: significa preguntarse qué queda del deseo de aprender cuando la educación se convierte en disciplina, competencia, miedo al error, selección social y preparación para obedecer. Aprender debería abrir posibilidades; demasiadas veces la escuela las administra, las clasifica y las limita.
Las ilustraciones de Josep Bolinaga son las mismas con las que el texto apareció publicado en Ajoblanco. Forman parte de esa lectura original y conservan también su fuerza: una mirada gráfica, crítica e irreverente sobre la escuela como espacio de disciplina, clasificación y domesticación.
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