ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026
Este texto fue escrito en un momento en que el independentismo catalán vivía una tensión profunda entre negociación institucional, cálculo partidista y movilización en la calle. La pregunta que planteaba entonces sigue teniendo sentido: qué ocurre cuando un movimiento nacido de la desobediencia acaba atrapado entre pactos, elecciones, represión y gestión del propio desgaste.
Leído hoy, el texto no debe entenderse solo como una discusión interna del procés. Habla de un problema más amplio: cómo los movimientos populares pueden perder fuerza cuando delegan demasiada energía en las instituciones, y cómo también pueden agotarse si convierten la épica de la calle en una consigna sin estrategia.
La desobediencia civil no es un gesto romántico ni una simple negativa a obedecer. Es una forma organizada de conflicto democrático cuando las vías normales quedan bloqueadas. Pero para tener sentido necesita comunidad, objetivos claros, capacidad de sostenerse y una relación honesta entre lo que se promete y lo que realmente se puede hacer.
Por eso conviene releer esta entrada como una reflexión sobre los límites del pactismo y también sobre los límites de la desobediencia si no se construye desde abajo. La cuestión sigue abierta: cómo transformar una fuerza colectiva en poder real sin que la absorban los despachos ni la queme la frustración.
