ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026
Este texto fue escrito desde la indignación ante una justicia que demasiadas veces parece más severa con los débiles, las mujeres, los disidentes o los movimientos sociales que con quienes ocupan posiciones de poder. El título era duro, pero expresaba una sensación social real: la distancia entre la ley como promesa de igualdad y la justicia como experiencia concreta.
Leído hoy, el texto no debe entenderse solo como un desahogo. Habla de algo más profundo: la desconfianza que aparece cuando las instituciones judiciales parecen incapaces de escuchar el dolor social, reconocer las desigualdades de partida o medir con la misma vara a quienes no tienen la misma fuerza.
Una democracia necesita tribunales independientes, pero también necesita una justicia comprensible, sensible y sometida a crítica pública. Cuando las sentencias se viven como humillación, impunidad o castigo selectivo, el problema ya no es solo jurídico. Es político, social y moral.
Por eso conviene releer esta entrada como una crítica a la justicia cuando deja de parecer justicia. No para negar la necesidad de leyes y garantías, sino para recordar que ninguna institución debe quedar por encima de la dignidad, la igualdad y el derecho de la ciudadanía a cuestionarla.
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