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sábado, 29 de diciembre de 2018

Mensaje de Nochebuena de Felipe VI

ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026

Este texto fue escrito a partir del mensaje de Nochebuena de Felipe VI. Más allá de aquel discurso concreto, la entrada señalaba una cuestión de fondo: el papel de la monarquía como institución heredada, no elegida, situada en el centro simbólico del Estado.

Leído hoy, el texto no debe entenderse solo como una reacción a un mensaje navideño. Habla de la dificultad de llamar democracia plena a un sistema que conserva en su cúspide una jefatura del Estado transmitida por nacimiento, blindada por la tradición y presentada como neutral incluso cuando interviene en momentos de fuerte conflicto político.

La cuestión republicana no es solo una preferencia estética entre corona o bandera tricolor. Es una pregunta sobre igualdad, responsabilidad pública y soberanía popular: si todos los cargos del Estado deben poder ser elegidos, discutidos y sustituidos por la ciudadanía.

Por eso conviene releer esta entrada como una crítica democrática a la monarquía. No por nostalgia retórica, sino porque ninguna institución hereditaria debería quedar fuera del examen público en una sociedad que aspire a decidirlo todo desde abajo.



Felipe VI es un parásito cuyo único objetivo es mantener los privilegios de la casta en el poder. Igual que hicieron su padre y todos sus antepasados en el trono. Es un individuo de pocas luces, que aconseja y pontifica con todo descaro sobre la vida de millones de personas que desconoce.
Cualquiera podía adivinar su discurso: La Transición fue la base de nuestra libertad, bla, bla, bla; Las reglas respetadas por todos, bla, bla, bla; La convivencia es el actual patrimonio que tenemos los españoles, bla, bla, bla; La defensa de la Constitución, bla, bla, bla; La unidad de España, bla, bla, bla…..

Las Saturnales romanas origen de las fiestas navideñas

ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026

Este texto fue escrito para recordar que muchas celebraciones actuales no nacieron de una sola tradición pura, sino de capas sucesivas de ritos, apropiaciones, mezclas culturales y resignificaciones históricas. Las fiestas navideñas no pueden entenderse solo desde el cristianismo: también arrastran huellas de celebraciones anteriores vinculadas al invierno, al ciclo solar, al banquete, al descanso y a la inversión temporal del orden cotidiano.

Leído hoy, el interés de esta entrada no está en negar el sentido religioso que muchas personas dan a la Navidad, sino en mostrar que ninguna tradición cae del cielo ya terminada. Todas se construyen, se transforman y se disputan. Lo que una época presenta como sagrado, otra lo mezcló antes con fiesta popular, calendario agrícola, poder político o necesidad comunitaria.

Las Saturnales romanas permiten mirar la Navidad desde otro ángulo: como una fiesta atravesada por comida, regalos, suspensión parcial de jerarquías, exceso controlado y deseo de luz en medio del invierno. Esa mirada no empobrece la celebración. Al contrario, la vuelve más humana, más histórica y menos sometida a una única lectura oficial.

Por eso conviene releer esta entrada como una invitación a mirar las fiestas con espíritu crítico y curioso. También la Navidad, como toda tradición viva, habla de quién manda sobre los símbolos, quién los hereda y quién tiene derecho a celebrarlos de otra manera.



Las fiestas navideñas no tienen origen cristiano. Su origen son las saturnales romanas en honor a Saturno, dios de la agricultura, que se celebraban del 17 al 23 de diciembre. 

El 25 de diciembre celebraban el nacimiento del dios Sol, el Sol Invictus, cuando el solsticio de invierno hace que los días sean más largos.