ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026
Este texto fue escrito en un contexto electoral concreto, pero la cuestión que planteaba no ha envejecido. La ultraderecha no es solo un partido, una campaña o una reacción momentánea. Es una forma de organizar el miedo, señalar enemigos internos y convertir la desigualdad, el machismo, el racismo o el autoritarismo en sentido común.
Leído hoy, conviene separar lo coyuntural de lo importante. El problema no era únicamente una candidatura concreta, sino el avance de discursos que presentan la libertad como privilegio de unos pocos y la seguridad como excusa para recortar derechos a muchos.
Parar a la ultraderecha no puede reducirse a votar cada cierto tiempo. También exige memoria histórica, organización social, cultura democrática, feminismo, antirracismo, defensa de los servicios públicos y una política capaz de dar respuestas reales a quienes viven con miedo, precariedad o abandono.
Por eso conviene releer esta entrada como una advertencia democrática. La ultraderecha crece cuando una sociedad olvida su historia, se acostumbra a la desigualdad y acepta que la rabia de los de abajo sea dirigida contra otros de abajo.
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| Las tres cabezas del monstruo de la ultraderecha |

