La cuestión no es elegir entre monarquía y república como si bastara con cambiar el nombre de la jefatura del Estado. Una república también puede ser autoritaria, centralista, jerárquica y profundamente alejada de la gente si mantiene intacta la lógica de la representación pasiva: votar cada cuatro años y dejar que otros decidan.
La crítica principal va dirigida contra la monarquía porque representa una forma extrema de poder heredado: una institución no elegida, transmitida por nacimiento y situada por encima de la decisión directa de la ciudadanía. Pero el problema de fondo no acaba ahí. También hay que preguntarse qué tipo de democracia queremos poner en su lugar.
La alternativa no debería ser una república parlamentaria donde la gente vuelve a quedar reducida a espectadora, sino una democracia directa, federal y confederal: que las personas afectadas decidan sobre lo que les afecta, y que los grupos, barrios, pueblos y colectivos se coordinen libremente para impulsar iniciativas comunes desde abajo.
![]() |
| Manifestación en Madrid por la III República |



