ACTUALIZADO EN MAYO DE 2026
Este texto fue escrito cuando todavía se presentaban como ayuda espiritual o acompañamiento pastoral prácticas destinadas a corregir, reprimir o modificar la orientación sexual de las personas. Lo que entonces se denunciaba como una agresión moral y psicológica hoy debe nombrarse con claridad: las llamadas terapias de conversión son una forma de violencia contra las personas LGTBI.
Leído hoy, el texto conserva su sentido porque el problema nunca fue solo religioso. El problema era el poder de quienes se arrogan el derecho a decidir qué deseos son legítimos, qué cuerpos son aceptables y qué vidas deben pedir perdón por existir.
La aprobación de normas que prohíben estas prácticas no borra el daño causado, pero sí marca un límite democrático. Nadie debe ser empujado a odiarse, esconderse o mutilar su propia identidad para encajar en una moral impuesta por otros.
Por eso conviene releer esta entrada como una defensa de la libertad afectiva, sexual y personal. La dignidad no consiste en ser tolerado por quienes se creen con derecho a curarte, sino en poder vivir sin que nadie convierta tu deseo en enfermedad.
Los obispos españoles están
enfermos. Ayer, la Conferencia Episcopal apoyó los cursos del obispo de Alcalá
de Henares para curar homosexuales.
Matizaron que no son expertos en
medicina. Sino que acompañan a las personas que desean una sanación espiritual.
¡menuda majadería!
Desconocen que lo que hay que
curar es la homofobia, que -como todas las fobias- es un trastorno de ansiedad
o miedo a algo que, en principio, no supone ningún peligro.
Hay
cientos de fobias: a volar (aerofobia); a espacios pequeños (claustrofobia); a espacios
abiertos (agorafobia); a la sangre (hematofobia); al dentista (dentofobia); a
las arañas (aracnofobia); etc.
Las
fobias sociales o trastornos de ansiedad social (tas) surgen ante determinados grupos sociales:
extranjeros (xenofobia); pobres (aporafobia), catalanes (catalanofobia),
homosexuales (homofobia); transexuales (transfobia); mujeres (misoginia); etc.
También
ante determinadas situaciones: hablar en público; ir al instituto; examinarse; que
nos observen; que nos juzguen; etc.
Las
fobias se superan entrando en contacto
-de manera segura, controlada, gradual y repetida- con lo que
produce miedo y ansiedad. Cada nuevo contacto hace que la persona se sienta más
segura y con menos miedo y ansiedad.
Pues
bien, los obispos están enfermos y no lo saben. Tienen el trastorno social de
la homofobia y deben ir a cursos terapéuticos para curarse.
Deben
relacionarse con personas homosexuales, conocer sus inquietudes y aprender de
ellas para superar su trastorno.
En
cuanto a la sanación espiritual, lo mejor que pueden hacer es metérsela por el
culo.
Durante
siglos han juzgado a los homosexuales como pecadores, abrasados por el fuego
divino en sodoma y gomorra, o por el fuego de la iglesia que los condenaba a la
hoguera.
Luego
se subieron al carro de la homosexualidad como enfermedad. Algo negado por la
organización mundial de la salud.
Ahora
siguen considerando que la homosexualidad no es natural.
Según
un libro en el que las serpientes hablan, la gente vuelve de los muertos, un
hombre camina sobre las aguas y una virgen tiene un hijo.
Los
señores obispos tienen que ir a cursos especiales para curar su homofobia